Memorias de mi padre: mientras hay vida, hay esperanza.


Esto lo escribo mientras mi papá libra una estoica batalla por su vida desde hace 10 días. Lo hago porque para mi escribir es el mejor desahogo. Prefiero hacerlo así en vez de simplemente esperar un final que en este momento parece no quiere llegar. Esta es la primera noche que paso en casa desde la terrible noche en que mi papá enfermó. Aunque todo está en su lugar, nada parece igual.

Por 10 días mi mamá y hermanos hemos vivido una montaña rusa. Días y noches de angustia. De lágrimas, de planes inevitables. Sin saber que pensar o hacer más que esperar. Aunque uno siempre tiene en la mente que este tipo de días llegaran, soñamos en que nunca lo hagan. La sala de urgencias del hospital es el lugar más inhóspito del planeta, pero tal vez el lugar ideal para darte cuenta que eres uno más en un mundo en que sólo estamos temporalmente.

 Es una sala donde no importa quien eres o de donde vienes. No importa cuanto traigas en la cartera porque sólo dependes de la sapiencia de un doctor que hizo un juramento por salvar vidas, sin importar el origen, raza, credo del paciente y que lo único que esperas es que sea lo suficientemente hábil para darle una extensión de vida a un ser querido.

Esa sala de espera nos hizo conocer un poco la buena cara de la gente. Palabras de aliento de desconocidos que te dicen no pierdas la esperanza, que tengas fe. Un oficial de seguridad que ante la impotencia de no poder entrar a la sala de urgencias sirvió como nuestro mensajero de noticias, y aunque lo único que nos decía era “lo están atendiendo, no se preocupen” su simple actitud nos mantuvo en calma por un par de horas.

Todo empezó el sábado 18 de agosto cuando noté a mi papá diferente, gastado, cansado. No era el de siempre. Dormía mucho y se le notaba molesto. Para él cada vez era más difícil moverse, subir una escalera e incluso comer. Sus piernas ya no resistían el embate diario de caminar o moverse. Sus caídas eran continuas y ya no era raro ayudarle a levantarse de la cama o su sofá en el cuarto de tele.

Su única distracción, como siempre lo ha sido, era leer. En fechas recientes Philip Roth, el recién premio Príncipe de Asturias era su mejor compañía. “Pastoral Americana”, “Trilogía Americana” y “La Conjura contra América” lo tenían conmovido por la extraordinaria narrativa y la sátira social que caracteriza a Roth.

De esa forma estaban transcurriendo las últimas semanas. Leyendo y durmiendo. Sus horas de sueño cada vez eran más y prepararse para ir a la cama podía tomar horas, no por gusto sino porque moverse no le permitía hacerlo más rápido. Ahora me doy cuenta que esas eran pequeñas señales de que algo podía pasar.

Los casi 15 años que viví fuera de México siempre lo hice con un miedo latente: recibir una llamada en medio de la noche avisando que mi mamá o papá estaban enfermos. Ese es un temor que tenemos presente los que estamos fuera de casa en otro país. Vi a varios amigos pasar esa situación y siempre supe que yo no estaba exento de vivir esa experiencia, lo que nunca pensé es que la viviría en mi país.

La fatídica llamada llegó el miércoles 22 de agosto a las 3:43 de la mañana. Mi hermana fue la portadora de la noticia pidiéndome auxilio. Aunque mi papá recibió asistencia medica en ese momento, su condición no mejoró. Horas más tarde lo tuve que llevar a mil por hora en medio de la ciudad para que llegara todavía con vida al hospital. No exagero al decir que de tardar unos minutos más, no lo hubiera logrado.

Después de eso la agonizante espera de la sala de hospital. Cuando pude entrar a verlo, casi 24 horas después de su recaída, viví el momento más triste de mi vida cuando el doctor me dijo que las noticias no eran nada halagadoras. Mi papá lo escuchó. No puedo imaginar que pudo pasar por su mente al escuchar el diagnostico de su salud. Nadie te prepara para eso. Nadie te prepara para escuchar que tus horas están contadas. Nadie te prepara para no sólo ser el receptor de esa noticia sino también el portador de la misma.

En momentos como ese nadie te dice como reaccionar o contestar. Mi papá aprovechó para decirme cosas que nunca me había dicho. Era una despedida. La que nadie quiere vivir pero es inevitable donde lo único que pides es un poco más de tiempo para que el final no sea como parece. Un poco más de tiempo para que la esperanza no muera. Un poco más de tiempo para que mi hermano llegara a tiempo a verlo. Un poco más de tiempo para vivir una anécdota más.

Sin embargo sabes que ese es tal vez el último momento para decirle lo agradecido que estás con él, del amor que le profesas, de pedir perdón y perdonar. Son palabras mágicas que nos hacen bien a todos: perdón, lo siento, te amo, gracias. Por lo menos me puedo quedar tranquilo por ese lado.

Ya son 10 días y la historia no termina. Desde entonces en un par de ocasiones nos han dicho que sólo le quedan horas, que es cuestión de tiempo y estemos listos para lo inevitable. Sin embargo, mi papá sigue ahí. Una neumonía, un riñón casi perdido y una infección en las vías urinarias lo tienen postrado a una cama. A sus noveles nueve décadas de vida es obvio que se niega a irse. Seguro tiene cosas pendientes por resolver. No lo se.

Mi papá está en la novena entrada de su vida. Tiene la casa llena con cuenta de 3 y 2 buscando mandar su vida a extra innings donde todo puede pasar. Las palabras de Yogi Berra nunca tuvieron tanta resonancia en mi mente como ahora: “mientras hay vida, hay esperanza”.  No podría estar más de acuerdo.

Autor: marconunez23

Periodista con más de 20 años de experiencia. Especializado en temas de negocio, comunicación social, e imagen. Apasionado del deporte, especialmente el beisbol, los New York Yankees, los Pittsburgh Steelers y la NFL.

2 thoughts on “Memorias de mi padre: mientras hay vida, hay esperanza.”

  1. EMOTIVO, REAL Y SOBRETODO DE UNION FAMILIAR, QUE SIEMPRE SERA EL LAZO INDESTRUTIBLE ANTE LAS REALIDADES DE LA VIDA, ME GUSTO MUCHO, ADELANTE QUE MAÑANA EL SOL SIEMPRE SALDRA Y SEA UN DIA DIFERENTE

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