La hora mágica del beisbol


“Bienvenidos a la hora mágica del beisbol”, esa era la bienvenida a cada juego de pelota en el viejo estadio de la colonia Piedad Narvarte. Los olores del campo, del pasto y tierra mojada aún llegan. Es más hasta el olor tan cenizo del desgastado cemento del estadio lo recuerdo.

Al subir las escaleras era obligado rentar un cojín para el juego y no sentarse en las sucias sillas metálicas, que aun estando en mal estado a nadie le importaba porque era parte del encanto del  viejo parque.

Al filo de la tercera entrada o las 8:30 de la noche, lo que llegará primero, mi papá me daba dinero para ir, religiosamente, a comprar unos tacos de cochinita que, así como las 7:30 era la hora mágica del beisbol, esos tacos también lo eran.

El expendio se encontraba exactamente debajo de las escaleras principales del estadio. A un lado de la mini cafetería. La fila para comprar esos tacos era significativa, había que llegar temprano en el juego para poderlos disfrutar porque ir después de la quinta entrada, provocaba que, dada la cantidad de gente, pudieras perderte el final del juego esperando una orden de tacos.

La orden de tacos es de tres: perfectamente entubados. Bien rellenos de cochinita (para lo que no saben, la cochinita es un platillo de la gastronomía yucateca, basado en carne de cerdo adobada en achiote, envuelta en hoja de plátano y cocida dentro de un horno de tierra) obvio, en el parque de pelota no había un horno de tierra, pero si una plancha enorme que le daba a los tacos gran sabor.

Los tacos goteaban de ricos. Se servían en pequeños platos de papel blanco con un poco de cebolla morada en la cima y, al gusto del comensal, bañados en guacamole.

¡Una verdadera delicia! Comerlos era un manjar. De pie, como debe ser, al calor de la plancha. Eran tan ricos que al terminarlos daba pena saber que no había más en el plato, por eso era un compromiso pedir otra orden. La misma pena al terminarlos, pero había que poner un limite y esperar a la próxima visita al día siguiente.

Ya con el estomago bien surtido había que regresar al juego, el cual era más placentero después de semejante manjar.

Tuve la fortuna de ver jugar a grandes jugadores como Miguel Suarez (el cual era mi favorito). Un jardinero derecho, zurdo para lanzar y batear, portaba el número 11 de los Diablos. Era un jugador de mediana estatura pero con una picardía inigualable para jugar en esa época. Por muchos años tuvo el record de más hits en la liga, era considerado “el Pete Rose mexicano”.

También vi un cuadro de ensueño con los Diablos: Pat Bourque en 1B (años después lo sustituyó Ed Kurpiel), en 2B el glorioso Abulón Hernandez, en las paradas cortas Antonio Villaescusa y en la tercera base, Abelardo Vega.

Los jardines no eran toda una autoridad, además de Suarez estaba el “Diablo” Montoya, un tremendo toletero de mucha autoridad y garra.

En la receptoría, el Kalimán Robles, nada ortodoxo para jugar, pero los Diablos se lo robaron a los odiados Tigres y se convirtió en un Diablo histórico.

De los Tigres había jugadores que me simpatizaban, pero que nunca apoyaría. Estaba Kiko Castro, Obed Plascencia, Homar Rojas, y claro Chito Ríos, el cual le hizo muchas malas pasadas a los Diablos, y a quien se decía podía llegar a las mayores.

Un día, me atreví a preguntarle a Mike Brito, el reconocido cazador de talentos por qué no ayudaba a Ríos a llegar a las grandes ligas, me dijo: “Chico, este muchacho es bueno, pero no tanto. Fuera de la recta, no tiene nada”.

Pero por encima de todo, la luz del estadio era Benjamín “Cananea” Reyes. Él era todo lo que representaba el beisbol mexicano. Su presencia en el estadio valía el boleto. Hablar de beisbol en México, es hablar de Cananea.

Este hombre nacido en Churuninabi, Sonora, nunca destacó como jugador, pero como manager, no ha habido alguien mejor en la liga mexicana. Lo ganó todo 6 títulos en liga mexicana, 3 en la del pacífico y 2 en la serie del caribe.

Mi memoria más atesorada de Cananea fue verlo en el Parque de pelota pero no con la franela de Diablos, sino con la de los Mariners de Seattle, equipo del cual fue coach por 3 temporadas.

Ahora los tiempos han cambiado y el viejo parque Delta, luego del Seguro Social, fue derrumbado en el año hace más de 10 años y ahora es un centro comercial.

Los Tigres se fueron de la capital y sólo quedaron los Diablos que ahora juegan en el Foro Sol. Una quimera hecha estadio de beisbol que no tiene nada de la magia del viejo Parque Delta. No hay rituales, no hay encanto, ni los tacos saben igual, es una lástima.

Pero el beisbol sigue, y como cada año lo seguiremos.

Twitter: @Marco_NY23

Autor: marconunez23

Periodista con más de 20 años de experiencia. Especializado en temas de negocio, comunicación social, e imagen. Apasionado del deporte, especialmente el beisbol, los New York Yankees, los Pittsburgh Steelers y la NFL.

1 thought on “La hora mágica del beisbol”

  1. hola buenas tardes. los tacos de cochinita no me gustaron esta ves, solo tenian pura cebolla con grasa. que paso con los muchachos de la barra de en medio, donde estan? o cambiaron de consesionarios, esta vez habia una fila larga y la verdad muy mal atendidos, donde estan los balderas acaso ya se esta perdiendo la tradicion de los tacos de cochinita y aparte las costillas crudas y de muy mal sabor . pongan atencion en eso, gracias,

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