Lo recuerdo perfecto….


Era muy simple, la rutina: esperar a mi papá en casa al filo de las 6 de la tarde para recorrer en auto la Avenida Eugenia, luego Cumbres de Maltrata, la calle Yacatas, no sin antes cruzar la Glorieta de Vertiz, para que a mano derecha, se terminara la calle y empezara un verdadero sueño en la esquina de la Avenida del Obrero Mundial.

La realidad es que no recuerdo cuando fue la primera vez que asistí a un parque de pelota. Ni idea tengo de ese día. No puedo decir como muchos otros dicen “desde el primer día me enamoré de los sonidos, el ambiente, el sol, la tribuna y el juego mismo”. No, yo no puedo decir eso, fue un proceso.

Sin duda, para la primera vez que asistí a un estadio ya llevaría jugando algunos años en la gloriosa Liga Olmeca, al sur de la Ciudad de México, donde desde los 4 años me conecté con el más bello de los deportes. Pero insisto, quisiera recordar el primer juego, los jugadores, los uniformes, el estadio, la gente, el sol, el ambiente, pero no puedo hacerlo con claridad.

Lo que si recuerdo era el ritual de cada juego. Por lo menos iba al parque con mi papá 4 veces a la semana a ver a mis amados Diablos Rojos, y cuando no, le daba oportunidad a los Tigres, en ese entonces “Capitalinos” de distraerme por un par de horas.

Mi papá por sus vínculos como abogado con el Seguro Social, cada año le regalaban pases para asistir a todos los juegos de la temporada y los playoffs. No puedo negar que ir gratis al estadio era un gran aliciente. Eran dos tipos de pases, los de color rojo para los juegos de Diablos y los azules para los de Tigres.

Casi siempre llegábamos 30 o 40 minutos antes de “la hora mágica del beisbol” las 19:30 horas, horario para los juegos de martes a viernes (los sábados eran a las 16 y los domingos a las 12). Inmediatamente después de la entrada de pases, nos dirigíamos a una cafetería ubicada debajo de las escaleras principales del estadio, a un lado de los famosos tacos de cochinita (de los cuales hablaré más tarde).

El motivo de ir a la cafetería antes del juego es que en esas tres o cuatro mesas disponibles era usual encontrarse al “Brujo” Rosell, a Mike Brito, Enrique Keerlegan, Pepe Serrato, y un buen amigo de mi papá, Jorge Pulido, quien dirigía un esfuerzo encomendado por Alejo Peralta llamado Fidebeis cuyo fin era crear un fideicomiso para beisbolistas. En ese entonces creo tendría 9 o 10 años de edad y de verdad que era mi día estar ahí, no tenía la menor idea de lo que hablaban, pero el lenguaje era la pelota, y el leguaje el beisbol. Era música para mis oídos y estar en el parque era un deleite.

Después de estar unos minutos en la cafetería, ingresábamos a las tribunas por el túnel central del estadio, el cual estaba exactamente atrás de home y ahí es donde, según yo, se veía quien era aficionado asiduo al parque y quien no lo era.

Si te girabas a la izquierda, de entrada eras de los Tigres, ya que su caseta estaba del lado de tercera. Ahí se sentaban aficionados de “rompe y rasga”. Como buenos tigres, eran agresivos, aguerridos, pasionales. Si te ibas por el lado derecho, eras Diablo. Eras sabio, fino y conocedor. Elegante y respetuoso.

Del lado de Diablos, dos cosas distinguían la sección roja del parque: la Colorina y los apostadores.

La Colorina, la recuerdo, era una señora de edad media, con buenas proporciones para su físico y que se hizo dueña de ese apodo gracias a sus pantalones y camisas ajustadas, pero sobre todo, por la gran peluca de color rojo escarlata que siempre llevaba en cada juego de los Diablos. Siempre vestía pantalón blanco, blusa roja, maracas y trompeta en mano, para sentarse arriba de la caseta de Diablos y comandar la porra escarlata.

Tenía varios seguidores de todas las edades “¡¡¡ME-XI-CO, ME-XI-CO, ME-XI-CO!!!” era el grito cada entrada, cada juego. Pero sin duda el mejor era “¡Po-bres ga-tos, po-bres ga-tos!” en alusión a la infinidad de derrotas que los Diablos le propinaron a Tigres, sobre todo en los años setenta y ochentas.

Siguiendo con el camino a la parte superior de la tribuna en el primer piso, estaba una sección donde todo era un reflejo de la vida misma y era reflejo de como los caminos de una gran urbe, podía cruzar a los ricos con los pobres: la de los apostadores.

Era una sección donde se juntaban un grupo muy peculiar de hombres. Desde banqueros, doctores, abogados, empresarios, y hasta un connotado diseñador, que se mezclaban con sindicalistas, usureros, vividores, electricistas y carniceros, pero todos con algo en común: el amor al beisbol por medio de la apuesta.

Todo el control de las “inversiones” era llevado por Don Rafa, un hombre de mediana estatura, piel morena, caída y gastada. Mal encarado siempre, vestía siempre pantalón de vestir café, camisa de manga corta azul y suéter azul marino. No era precisamente un modelo de GQ pero era un digno corredor de apuesta. Siempre llegaba alrededor de las 6 para empezar a llevar en una libreta de reportero (¡vaya ironía!) el control de las apuestas.

La sección estaba dividida en dos, la de sangre azul y la de sangre de bronce. En la azul estaba el  Dr. Dager, de origen judío, reconocido medico general, o bien del Sr. Olvera, un empresario exitoso. Había más, Carlos, un abogado libanes; hasta el reconocido diseñador Pedro Loredo se aparecía para apostar. “Mocho a la quinta”, “Doy cinco”, “voy al juego”, “voy al juego”, “sube una” eran el lenguaje para apostar su dinero.

Del otro lado de las butacas, en la de bronce: estaba Don Luis, que con su imponente voz siempre tenía dos protagonistas a quien gritar “¡Cananea, ya dile que sí a la Colorina! Era la llamada. Había otro que no recuerdo su nombre. Un hombre  de mediana edad, alto, espigado, siempre de jeans y camiseta. Su rutina diaria era: al hipódromo en el medio día, beisbol en la tarde, box en la noche y si había pelea de gallos, pues también había que apostar.

Había otro más que era cobrador del sindicato de electricistas. Siempre vestía muy catrín de pantalón perfectamente planchado, camisa sin una sola arruga y portaba orgulloso una chamarra roja de los Diablos, y lo hacía aún con más de 30 grados de temperatura, esa era afición y no pedazos.

Estaba el “sabio del beisbol”. Un hombre de edad avanzada que siempre juró ver jugar a Babe Ruth y Joe Dimaggio cuando vinieron a México. De Ruth algunos lo creían, pero Dimaggio el único que nunca supo que nunca vino fue este hombre. Pero siempre discutía con el primero que encontrara en la sección la jugada del momento y le intentaba dar catedra a todos de como se debe jugar beisbol. Era chistoso al principio, pero después de unos minutos cansaba.

También no olvido a al de la “quiniela”, un tipo gordo, barbón que se paseaba por todo el estadio vendiendo 9 papeles cada entrada. Cada papel era la posición de un jugador donde el chiste era comprar un boleto y si ese jugador anotaba la primera carrera de la entrada en cuestión, el participante se ganaba la quiniela.

Era la venta perfecta para aquellos que nunca iban al parque porque lo que no sabían es que los 9 papelitos eran del mismo jugador, el cual ni siquiera bateaba en la entrada a la venta.

Pero todo esto no es completo sin hacerle honor a Lalo, el cervecero de la zona. Un carpintero por las mañanas y repartidor de coronas en las noches. De 50 años, moreno color de llanta él era quien regenteaba la zona de butacas arriba de la caseta de Diablos. Era tal el control, que cada uno de los siempre presentes nunca tenía que preocuparse por su lugar, era como un derecho de apartado el cual Lalo tenía controlado y por el cual se le pagaba. Sin él ahí, el orden nunca se hubiera tenido.

Mañana, los tacos de cochinita y el recuerdo de los grandes juegos.

Twitter: @Marco_NY23

Autor: marconunez23

Periodista con más de 20 años de experiencia. Especializado en temas de negocio, comunicación social, e imagen. Apasionado del deporte, especialmente el beisbol, los New York Yankees, los Pittsburgh Steelers y la NFL.

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