Mi postal del 9/11: Una trompeta rota y el dolor de la partida (Parte 6 de 6)


Tomó mucho tiempo para que las cosas volvieran a ser igual en Nueva York y siempre existirá un antes y después de 9/11. Por un lapso de poco más de 8 semanas la ciudad se vio envuelta en una vorágine de emociones. Desde la desesperación y angustia de septiembre hasta una sobria demostración de gusto y alegría en noviembre.

Poco a poco las cosas empezaron a volver a la normalidad, aunque el miedo y temor tardaron mucho en disiparse. El domingo 7 de octubre, el día del primer bombardeo en Afganistán, ese sentimiento de preocupación e incertidumbre volvió. No se podía uno subir a un tren o atravesar un puente sin ser inspeccionado, todos éramos sospechosos, nuestro delito era vivir en Nueva York, habíamos pasado de un ambiente seguro a uno de miedo.

En ese lapso, hubo etapas en que hasta 3 veces a la semana se evacuaban los principales edificios por amenazas de bombas. Se había vuelto cotidiano ver mares de personas invadir las banquetas de las principales calles aledañas a edificios como el Helmsley o el Empire State para alejarse de éstos.

Un año después de los ataques a finales de octubre, estaba en el “Old Man´s Bar”, ubicado en la calle 18 entre las avenidas Park y Madison con dos de mis mejores amigas en Nueva York. Ese día la ciudad se invadió de más de 25 mil policías y bomberos de todo el mundo que fueron al Madison Square Garden al homenaje a sus colegas caídos en el WTC un año antes.

El bar estaba lleno de policías y bomberos. De repente, en el momento menos pensado, un policía se paró en la barra del bar y empezó a entonar en una trompeta plateada que emitía las notas más rotas de dolor pero con gran sentimiento, el himno de los Estados Unidos. Todos callaron y escucharon en silencio durante su interpretación. Más de una lágrima salió de una de mis amigas. Una de ellas tuvo la suerte de evacuar uno de los edificios que formaban parte del complejo del WTC. El inmueble donde se encontraba la firma financiera en la que trabajó, se derrumbó producto de un incendio provocado por la caída de escombros de las Torres Gemelas.

Bomberos, policías y civiles durante ese par de minutos que duró la interpretación en esa rota trompeta, recordamos y honramos a los que cayeron y no quiero ni imaginar lo que pasó por la mente de los guardianes del orden que vivieron en carne propia esos sucesos.

Al final de la interpretación, ese policía levantó su trago y ofreció un brindis por Nueva York. Acto seguido, un grupo de policías franceses entonó la Marsellesa. Era todo surreal, como en la película Casablanca cuando en el bar de Richard se entonó la misma canción para rebatir a los oficiales nazis.

Al final las risas, alegría, abrazos y un poco de tristeza inundaron ese bar. Simplemente una hermandad nunca vista en Nueva York estaba más fuerte que nunca.

Después de 10 años, esos recuerdos ahora toman más fuerza. Es algo recurrente pensar y reflexionar sobre ese infame día porque a todos nos afectó de alguna forma. Tuve la experiencia de vivirlos de primera mano y es inevitable sentir tristeza al recordarlo. Siempre siento un nudo en la garganta al hacerlo y un suspiro de dolor me invade.

Varias semanas después de los ataques abandoné Nueva York y a la fecha me duele haberlo hecho. No lo puedo negar. La ciudad que llamé mi casa, mi hogar, la abandoné en la búsqueda de nuevas oportunidades. Nunca podré saber si por lo vivido tendría la misma idea, tal vez no, pero no lo sé.

Viví en Houston por los siguientes cuatro años y aunque tuve grandes experiencias laborales y personales, donde conocí a personas muy queridas y extraordinarias. No fue igual. En Houston siempre me sentí como un extraño y no me dio lo que tenía en Nueva York: el sentimiento de un hogar.

Nueva York fue la ciudad que me lo enseñó todo. Fue donde tuve mí primero en todo: en la escuela, en el trabajo, en el amor y en la vida.

No quiero pensar que fue un error haber salido de Nueva York en momentos tan aciagos, pero no puedo negar que un sentimiento de traición a la ciudad me invade por haberla dejado atrás en un momento tan azaroso. Simplemente siento que pude hacer más por la ciudad que me lo dio todo.

Probablemente para muchos es difícil entender esto, pero aquellos que han vivido allá y pasaron por lo mismo lo entienden. Es cuando valoras devolverle a algo o alguien todo lo que ha hecho por ti. Tal vez ese fue el mejor ejemplo que los Yankees dieron: hicieron por su ciudad todo lo que está ha hecho por ellos por tanto tiempo, le devolvieron la alegría a millones a pesar de la tragedia.

Desde que dejé Nueva York la he visitado 4 veces. Nunca fui a la zona cero y cuando vuelva, no sé si visitaré el memorial del 9/11. Hoy a diez años de distancia, pienso y reflexiono sobre lo sucedido. Tuve la suerte de no perder a ningún amigo en las torres gemelas, pero sí a algunos conocidos.

Todos los que estuvimos ahí tenemos diferentes historias y relatos sobre ese día. No podemos, ni debemos olvidarlos porque, a pesar de lo negros que son, nos dejaron alguna enseñanza. La indiferencia y hacerlos a un lado sería peor e irresponsable.

Dejar Nueva York por Houston me trajo de regreso a México. Pude haberme quedado y tal vez ahí seguiría, pero no lo sé, sin embargo lo hice y reconozco me duele no haberme quedado, pero por el otro lado también pienso que sería peor haberme quedado con la duda del “¿Qué hubiera?”.

Yo mismo sabía que necesitaba un cambio pero nunca imaginé esto pasaría. Cuando partí definitivamente de Nueva York hacia Houston meses después de los atentados, el avión que me llevó camino al sur de Texas ya no surcó los aires por encima de Manhattan. Las nuevas restricciones aéreas ya no permiten hacerlo, ahora tiene que avanzar mucho más para encaminarse a un lado de la isla para ir por encima de Nueva Jersey.

En medio de un gran sentimiento de tristeza vi la panorámica de Nueva York que sigue siendo impresionante. La silueta de los grandes edificios sigue siendo imponente, pero la ausencia de las Torres Gemelas es largamente extrañada.

La postal que tuve de las Torres Gemelas desde mi departamento se había ido. Me la habían arrebatado. Era una señal de que todo sería diferente. A la fecha no puedo negar que siento pude haber hecho más por la ciudad. Esa postal siempre la tendré en la mente porque una parte de mí se quedó en Nueva York, pero si existió una gran lección de ese negro recuerdo de septiembre es que la vida sigue y todo, absolutamente todo, estará bien.

Autor: marconunez23

Periodista con más de 20 años de experiencia. Especializado en temas de negocio, comunicación social, e imagen. Apasionado del deporte, especialmente el beisbol, los New York Yankees, los Pittsburgh Steelers y la NFL.

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