Mi postal del 9/11: El ataque (2 de 6 partes)


Eran las 8 de la mañana. El día era espectacular. Debido a la lluvia del día anterior, el cielo era tan azul como el mar. No había una nube en el cielo, la temperatura rondaba los 20 grados Celsius y los Yankees recibirían a los Devil Rays esa noche rodeados de la usual y única adrenalina que ofrece Nueva York.

A bordo del tren una buena forma de empezar el día era viendo las portadas de los periódicos de los viajeros que leían en el tren camino a sus destinos. La noticia de ese día era la elección primaria para seleccionar a los candidatos que buscarían la alcaldía de la ciudad que dejaría Rudolph Giuliani en enero del 2002.

Alrededor de las 8:20 de la mañana llegué a la estación de la calle 42 y caminé a mi oficina, no sin antes parar en con mi cafetero móvil favorito para comprarle mi desayuno de campeón: un jugo de naranja, un bagel con queso crema y un café con leche. Con la prisa al cruzar la 5ª Avenida, tampoco volteé a ver a las torres, era una panorámica inevitable de la gran ciudad, pero por ir tarde no las vi.

Ya en mi oficina, minutos antes de las 9 de la mañana sonó el teléfono con la noticia del primer impacto en las torres. Todos fuimos a la ventana más cercana y a lo lejos sólo se veía una estela de humo negro. “Parece como si se estuviera apagando una vela”, dijo un compañero.

Minutos después sólo se vio una bola de fuego. Hubo gritos, desconcierto y sorpresa. Todos lo vimos al mismo tiempo en los edificios aledaños, en las calles fueron instantáneos. El asombro era tan grande como la ciudad y desde entonces todo cambió. De la nada empezaron a aparecer militares, camiones de la guardia nacional, se cerró la ciudad y para rematar, dos aviones F-15 sobrevolaron la ciudad con un estruendo que lo único que hacían pensar es que los tambores de guerra habían despertado.

Regresé a mi oficina y enfrente del televisor veíamos la catástrofe. Entre asombros, lágrimas y desconcierto fuimos testigos de una destrucción inenarrable.

Los teléfonos del consulado no pararon de sonar todo ese día. Por instrucciones del cónsul general únicamente los asignados en los departamentos de presa y protección permanecimos en el edificio. Al edificio llegó gente preguntando si evacuaríamos a la comunidad mexicana de la ciudad, en los teléfonos tomé incontables llamadas de personas buscando a sus familiares que sospechaban estaban en la ahora renombrada y mundialmente conocida “zona cero”. Todo era dudas y miedo.

Todo fue tan rápido que se nos olvidó comer y lo único que nos preguntamos fue ¿qué está pasando? ¿Esto es real? ¿Por qué?

Las horas marcharon y vimos los ataques en Pennsylvania y DC. El nombre de Bin Laden se convirtió en un término común y lo único que podíamos hacer era conservar la calma y tratar de ayudar haciendo nuestro trabajo en beneficio de la comunidad.

Alterados, nerviosos y consternados, con una ciudad desolada y en shock, dejamos nuestra oficina alrededor de las 2 de la mañana.

Con una colega caminé a la estación de Grand Central para tomar el tren. Ese trayecto de tres calles fue eterno. La ciudad estaba muerta, sin vida. Unas cuantas almas estaban en la calle. Sólo se escuchaban sirenas y se veía a personal policiaco, nadie más estaba fuera de sus casas.

La gran mayoría de los servicios de transporte público cerraron. Yo tuve la suerte de que el tren que me llevaría a mi casa estaba funcionando a un 50%, pero aun así tuve que esperar 20 minutos a que arribara un tren a la estación. Al abordarlo sólo habíamos 3 personas en el vagón que tomé. Los tres estábamos cabizbajos. Sólo cruzamos miradas y esbozábamos una mueca diciendo lo mismo “No puede ser ¿qué pasó?”.

Al llegar a la estación del tren a unas calles de mi casa. Caminé buscando un lugar donde comer algo, sin pensarlo llevaba más de 18 horas sin probar bocado salvo aquel jugo, café y bagel matutino. Había varios delis abiertos, sin gente, con la televisión prendida repasando los lamentables hechos del día.

Las ventanas de todos los comercios se poblaron con avisos buscando a personas desaparecidas, con veladoras y solicitudes para que la gente donara lo que pudiera en los diferentes centros de apoyo abiertos a lo largo y ancho de la ciudad.

En uno de esos restaurantes entré para comprar algo de comer. Al hacerlo, una señora de unos 50 años me recibió sin preguntarme como estaba. Simplemente me preguntó qué quería comer. Su cara estaba llena de tristeza. Sus ojos rojos y húmedos. Me preparó un hero (termino con el que se le conoce a los panes tipo baguette en Nueva York) de jamón y queso. La señora mientras lo preparó me preguntó si lo había visto todo y me dijo que la hermana de una de sus empleadas trabajaba en una tienda en el centro comercial adentro de las torres. No había que decir más, ambos sabíamos su destino.

Tomé mi comida y retomé el camino a casa. En la esquina vi a una mujer paseando con su perro. Volví a cruzar miradas con alguien y la expresión era la misma que la de aquellos en el tren unos minutos antes. Incredulidad, asombro, tristeza pura.

Al llegar a mi casa, abrí las persianas, las mismas que abrí esa mañana para ver mi postal, la cual ahora era de muerte y destrucción. El olor a quemado llegaba hasta donde vivía. Era un olor no conocido. Me imagino era la combinación de tantos materiales consumidos en los ataques. Lo más impactante de esta nueva postal era el resplandor rojo producto del incendio de los edificios que no acababa por ceder acompañado de esa cortina gris de humo y muerte.

Traté de dormir pero no pude. Procesar lo visto y vivido no era fácil. Me preguntaba cómo serán las cosas mañana y qué iba a pasar ahora después de lo vivido. Creo pude conciliar el sueño por un par de horas y me levanté para irme a la oficina. La postal ya no existía.

Para mi sorpresa, camino a la misma estación del tren que me llevaría a mi oficina, la actividad era hasta cierto punto normal. La gente se paró a trabajar, a tratar de hacer lo que siempre hacemos. Le dimos la vuelta a la página y tratamos de salir a vivir la vida.

Continuará….

Autor: marconunez23

Periodista con más de 20 años de experiencia. Especializado en temas de negocio, comunicación social, e imagen. Apasionado del deporte, especialmente el beisbol, los New York Yankees, los Pittsburgh Steelers y la NFL.

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