Mi postal del 9/11: El beisbol como cura (4 de 6 partes)


En tiempos tan complicados en tragedias de este tipo se voltea a ver a todos lados para poder dilucidar un poco de estabilidad. Nada iba a poder borrar o hacer olvidar la tragedia. El beisbol tomó esa responsabilidad de ayudar a un país a sanar la herida.

El deporte, cualquiera que sea, tal vez es la mejor medicina para el dolor y en este caso el beisbol fue el mejor remedio para distraer a una ciudad y prácticamente a un país.

“El beisbol es toda una institución” dijo el comisionado Bud Selig, “queremos que sea parte de la recuperación. Debemos volver a jugar, entre más pronto mejor”.

Selig consultó directamente al presidente Bush sobre esta decisión y recibió todo su apoyo. Una semana después de los ataques, el beisbol reanudó su temporada con una sola misión: entretener y por lo menos por 3 horas todos los días el llamado “rey de los deporte”s empezó a llenar el rol de distractor.

Los calendarios de juego se ajustaron y se recorrió todo una semana. Todos los equipos rindieron tributos a los caídos y a los cuerpos de bomberos y policías.

Los Yankees reiniciaron su temporada jugando en Chicago, contra los White Sox, lugar donde se llevaron la más grande de las sorpresas. De ser el equipo más odiado, pasaron a ser por unas semanas el más querido. En los estadios que visitaron antes del fin de la temporada había gente apoyándolos, incluso en Boston se pusieron a cantar “New York, New York”, era la escena más bizarra jamás vista en la casa del acerrímo rival.

Los Yankees son sin duda la mejor muestra del capitalismo y orgullo estadounidense. Ahora tenían una nueva etiqueta y empezaron a cargar una responsabilidad que nunca habían imaginado podrían tener. En el 2001 los Mulos tenían 98 años de existencia. A lo largo de esos años fueron de todo. Estuvieron arriba y debajo de todos, fueron héroes y villanos, y siempre sin excepción, la ciudad los había albergado, cuidado, honrado, venerado, los había hecho suyos, en las buenas y las malas, la ciudad de Nueva York los había acobijado.

Ahora después de casi 100 años y 26 títulos, era tiempo de que los Yankees devolvieran esas atenciones y favores. Era la hora de que el equipo cargara a toda una ciudad en sus espaldas.

En San Luis, casa de los Cardinals, el legendario narrador del equipo Jack Buck leyó un poema que se transmitió en cada estadio de las Grandes Ligas.

Buck inició preguntando a la afición si todos deberían estar de vuelta. La respuesta fue automática “¡Sí!”

Con esa entrada el beisbol volvió con toda su fuerza. Nadie podía negar el significado y simbolismo que este deporte representa y ahora estaba decidido a retomar su lugar como el “pasatiempo nacional”.

Por un momento, las cosas empezaban a normalizarse.

Para los Yankees retomar el camino no fue fácil. Aunque estaban en primer lugar, su nivel de juego estaba muy por debajo de su nivel. Los cuestionamientos sobre la edad y la mala condición física de sus jugadores eran mayores conforme se acercaba el fin de temporada. Aun así, este equipo tenía algo que los otros no tenían: un orgullo y corazón incomparable.

El primer juego en Nueva York después de los ataques fue el 21 de septiembre cuando los Mets recibieron a los Braves. Los Mets tenían nulas esperanzas de llegar a la postemporada, en cambio los Braves eran en números lo mejor de la liga nacional. En un cerrado duelo, Braves tenía ventaja de 2 a 1 en la parte baja de la 8ª. Mike Piazza el estandarte de los Mets se paró a batear y fue el protagonista del momento más emocionante en la historia de los Mets desde su triunfo en la Serie Mundial de 1986.

Con dos outs y un hombre en base Piazza conectó un batazo que depositó atrás de la barda en el jardín central. El estadio Shea hizo erupción de emoción. Los Mets le dieron la vuelta al juego para vencer a los Braves 3 a 2. La escena del batazo de Piazza era retrasmitida una y otra vez por los diferentes canales locales de televisión. La celebración no era por los Mets, si por el orgullo neoyorquino que empezaba a renacer con un solo mensaje: nadie nos va a vencer.

Por su parte los Yankees regresaron a Manhattan el 25 de septiembre contra Tampa Bay. Recuerdo que el estadio no estaba ni cerca del lleno, tal vez estuvimos cerca de 40 mil aficionados esa noche en la que perdieron 4 a 0. No hubo drama ni emoción. Fue un juego, debo decir, aburrido y con letargo.

La nota del día fue que antes del juego se hizo un homenaje a los caídos en las torres, se desplegó una bandera tan grande como el campo y, para sumar el drama, el toque más emotivo fue cuando se izó una bandera estadounidense, destrozada, recuperada de entre los escombros de las torres gemelas.

Era una bandera sucia y deshecha que sirvió como motor para todavía alimentar más el orgullo nacionalista que renació desde el 11 de septiembre y que permaneció en Yankee Stadium hasta el final de la Serie Mundial. Evento al que los Yankees, con muchos problemas labraron su camino y llegaron a la postemporada con más dudas que respuestas.

Los favoritos para ganar la Serie Mundial ese año eran los Mariners quienes habían roto la marca de más victorias en una temporada impuesta por los Yankees 3 años antes con 116 triunfos. Después venían los A´s de Oakland quienes también tuvieron una gran temporada ganando más de 100 juegos y serían el primer rival de Yankees en la serie divisional de la liga americana.

Los pronósticos no favorecían a los Mulos. La mayoría de los expertos consideraban que su nivel de juego era inferior al de Oakland que presentaba a un poderoso bateador y futuro MVP, Jason Giambi. Su manager, Art Howe, tenía tal confianza de vencer a Nueva York que no escatimó al declarar que si Yankees quería vencerlos, “será mejor que trajeran su juego tipo A”, en otras palabras, que se presentaran con su mejor nivel. Esto en parte producto de que el año anterior los Mulos habían eliminado de la postemporada a los A´s en camino a su tercer título en fila.

Los dos primeros juegos en Nueva York, los Yankees ni metieron las manos y perdieron. Se fueron con la espalda contra la pared con un solo juego de vida a Oakland para el tercero de la serie. Joe Torre, manager de Yankees, fue cuestionado si este era el fin de la dinastía Yankee.

“La última vez que revisé las noticias nosotros éramos los campeones”, respondió Torre con evidente molestía y agregó “en esta serie hay que ganar tres juegos. Ellos (Oakland) sólo han ganado dos, esto está lejos de terminar”, dijo enérgicamente.

Con esas palabras Torre prendió la mecha para que la dinamita Yankee explotara. Esa noche en el tercer juego de la serie, Yankees tuvo su más grande prueba de fuego. En lo que fue un duelazo de pitcheo entre Mike Mussina y Barry Zito, en la 7ª entrada Yankees aventajaba 1 a 0 Oakland gracias a un cuadrangular de Jorge Posada en la 5ª entrada, el primer hit de la noche para Yankees en una donde solo pegarían otro imparable más.

La permanencia en la postemporada y el sueño de un cuarto título en fila colgaba esperanzado en 1 carrera y 2 hits en sus anales en ese juego. Mike Mussina contuvo los bates de A´s, pero en algún momento alguien tendría que ceder.

En esa histórica 7ª entrada vino una jugada que cambió el destino de Oakland y cimentó la figura del ícono generacional más importante que los Yankees han tenido desde Joe DiMaggio.

Con dos outs y Jeremy Giambi corriendo en primera base, Oakland buscaba el empate. Mike Mussina lanzó una recta baja y adentro del plato al zurdo Terrence Long quien la conectó de hit por toda la línea del jardín derecho que llegó hasta el fondo del campo. Shane Spencer en medio de la desesperación alcanzó la pelota, la tomó y la lanzó a lo loco al cuadro. Entre tanto Jeremy Giambi con sus más de 90 kilos de peso zancaba las bases con la esperanza de empatar el juego.

El tiro de Spencer iba a nadie. Voló al cortador del tiro que era Tino Martínez quien lo esperaba al borde la primera base. Giambi ya había pasado la tercera base y se dirigía al plato. Entonces, de tierra de nadie apareció Derek Jeter en una parte del campo donde nunca juega un parador en corto.

Entre el plato y la primera base, Jeter recuperó el mal tiro de Spencer y con un pase de pala le dio la pelota al receptor Jorge Posada para sacar, por una fracción de segundo, a Giambi antes de pudiera tocar el plato con la potencial carrera del empate. Esa jugada ahora es conocida como eso, como “la jugada”, pero para Nueva York es mucho más.

Las palabras de Torre antes del juego habían despertado a los Yankees, pero esa simple jugada los propulsó de tal forma que nunca vieron para atrás. La confianza del campeón regresó y con ello la esperanza de un nuevo título. La ciudad volvía a sonreír.

Los Yankees protegieron esa escueta ventaja y ganaron el juego, y los dos siguientes también para eliminar a Oakland y por primera vez en un poco más de un mes, Nueva York tenía algo que celebrar.  Por respeto a la ciudad y ante la tragedia, Joe Torre le pidió a su equipo celebrar con moderación en honor a los muertos. Les dijo que más allá de la victoria habían demostrado todo lo que caracteriza a Nueva York: su dureza, su orgullo y corazón. Nunca la ciudad pudo haber estado más orgullosa de su equipo. Eran todo lo que la ciudad era.

Posteriormente los Yankees viajaron a Seattle para enfrentar a los Mariners. El mejor equipo del 2001. Su manager, Lou Piniella, un Yankee de cepa pero ahora rival, dijo que su equipo no correría la misma suerte que los A´s.

Que equivocado estaba.

Contra todos los pronósticos Yankees borró a los Mariners en 5 juegos. Sin dramas, sin grandes jugadas, simplemente jugando perfecto y sin errores. La ciudad seguía siendo el motor y los Yankees la gasolina para salir adelante. Por primera vez no tenían detractores y se vivía un ambiente único alrededor de la tragedia.

Los Yankees jugarían la Serie Mundial contra Arizona, donde el drama y la emoción llegaron a niveles nunca vistos.

Continuará…

Autor: marconunez23

Periodista con más de 20 años de experiencia. Especializado en temas de negocio, comunicación social, e imagen. Apasionado del deporte, especialmente el beisbol, los New York Yankees, los Pittsburgh Steelers y la NFL.

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